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SESC

04 Set 2017 14h18

A CADA UNO SEGÚN SUS OBRAS

 Reparemos nuestras manos

“...Les mostró sus manos...” –

(JUAN, 20:20.)

Reapareciendo a los discípulos, después de la muerte, es que Jesús, al identificarse, les deja ver el cuerpo herido, mostrándoles destacadamente las manos...

Las manos que habían restituido la visión a los ciegos, levantado paralíticos, curado enfermos y bendecido viejos y criaturas, traían las marcas del sacrificio.

Traspasadas por los clavos de la cruz, iluminaban le la suprema renuncia.

Las manos del Divino Trabajador no recogieron del mundo apenas callos por el esfuerzo intensivo en la lucha del bien. Recibieron heridas sanguinolentas y dolorosas.

La enseñanza nos recuerda la actividad de las manos en todos los recintos del Globo.

El corazón inspira.

El cerebro piensa.

Las manos realizan.

En todas partes, se agita la vida humana por las manos que comandan y obedecen.

Manos que dirigen, que construyen, que siembran, que pagan, que ayudan que enseñan... y manos que matan, que hieren, que apedrean, que luchan, que incendian, que condenan...

Todos poseemos en las manos antenas vivas por donde se nos exterioriza la vida espiritual.

Reflexiona, pues, sobre lo que haces, cada día.

No olvides que, más allá de la muerte, nuestras manos exhiben las señales de nuestro pasaje por la Tierra. Las de Cristo, el Eterno Benefactor, revelaban las llagas obtenidas en la divina labor de amor. Las tuyas, mañana, igualmente hablaran de ti, en el mundo espiritual, donde, interrumpida la experiencia terrestre, cada criatura, guarda las bendiciones o las lecciones de la vida, de acuerdo con las propias obras. (Emmanuel, Fuente viva, 30. ed., p. 397).

A cada uno según sus Obras

“En esa sentencia de Jesús están sintetizadas todas las leyes que rigen las cuestiones ético-morales.

¿Pero, de qué manera esa justicia se establece?

¿Qué mecanismo coordina esa distribución, con justicia?

Primero es importante recordar que la justicia de los hombres está calcada en la legislación humana, con base en códigos legales creados por los propios hombres.

Cuando hay un litigio cualquiera, un grupo de personas especializadas en esos códigos analiza el proceso, juzga y define las penalidades aplicables al reo.

La duración de las penas también es establecida por el juez.

Entonces podemos concluir que la justicia de los hombres se funda en el arbitrio, según la visión de los magistrados.

Pero con la justicia divina es diferente.

Las consecuencias de los actos se dan de forma directa y natural, sin intermediarios .

En caso de una falta cualquiera, la penalidad se establece de manera natural, y cesa también naturalmente, con el arrepentimiento efectivo y la reparación de la falta.

Importante destacar que en la justicia divina no hay dos pesos y dos medidas. Las leyes son inmutables e imparciales, y no pueden ser burladas.

Un ejemplo tal vez torne mas fácil el entendimiento.

Si alguien resuelve beber una dosis considerable de veneno, las consecuencias luego surgirán en el organismo del individuo. Simplemente el resultado aparece.

¿Castigo? No. Consecuencia natural derivada de su acto, de su libre elección.

Los efectos producidos en el cuerpo físico no hacen distinción entre el pobre o el rico, el religioso o el ateo, el niño o el adulto.

Las leyes divinas no contemplan excepciones , ni concesiones. Son justas y ecuánimes.

Y esas consecuencias duran tanto cuanto la causa que las produjo.

Una vez pasado el efecto del veneno, queda reparar el daño y seguir adelante. Por eso la necesidad de la reparación.

En ese caso debemos considerar que la ley de la reencarnación se vuelve una necesidad, para que cada uno reciba conforme sus obras, según la justicia divina.

Si la persona bebe veneno y muere, las consecuencias de sus actos la seguirán en el mundo espiritual, pues ella salió del cuerpo mas no salió de la vida.

A veces, es necesario renacer en un nuevo cuerpo marcado por los daños que el veneno produjo.

¿Castigo? Ciertamente no. consecuencia directa y natural.

En el campo moral la justicia divina se da de la misma manera, distribuyendo a cada uno según sus obras, sin intermediarios.

¿Pero cómo conocer esas leyes?

Oyendo la propia conciencia, que es donde se encuentra ese código divino.

No es otro el motivo que lleva a la persona corrupta, injusta, violenta, hipócrita a querer anestesiar la conciencia usando drogas, embriagándose para aplacar el clamor que viene de su intimidad.

Una vez mas podemos considerar que Jesús realmente es el mayor de todos los sabios.

En una sentencia sintética él enseñó todo lo que necesitamos saber para conquistar nuestra felicidad.

Sí, porque si las consecuencias de nuestros actos son directas y naturales, podemos promover, desde ahora, consecuencias felices para mas luego.

Y si hoy sufrimos las consecuencias de actos infelices ya practicados, basta recoger los resultados, sin quejarse de la suerte, y actuar con una conducta ético-moral condescendiente con el resultado que deseamos obtener mas luego.

¡Piense en eso!

En las leyes divinas no existen penas eternas. Las consecuencias infelices duran tanto cuanto la causa que las produjo.

Así, como depende de cada uno su perfeccionamiento, todos pueden, en virtud del libre albedrío, prolongar o abreviar sus sufrimientos, como el enfermo sufre por sus excesos, mientras no les pone término.

De esa forma si usted desea un futuro mas feliz, busque ajustar sus actos a su conciencia, que es siempre un guía infalible donde están escritas las leyes de Dios.

Y si en algún momento surge la duda de como actuar correctamente: haga a los otros lo que gustaría que los otros le hiciesen, y no habrá equivocación.” (Equipo de Redacción del Momento Espirita).

“(…) en Cesarea de Filipo, después de interrogar a sus discípulos acerca de lo que decían los hombres su respecto, Jesús declara: Porque el hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles; y, entonces, dará a cada uno según sus obras.” (Mateo 16:27).

a) Jesús es el Guía Espiritual de todos los hombres: al referirse así mismo Jesús se autodenominaba “Hijo del Hombre”. Al hacer aquella citación El declaró, mas de una vez, su misión junto a los hombres, otorgada por Dios: ser el Guía Espiritual de todos nosotros, contando con la colaboración de los Espíritus Superiores (“con sus ángeles”), para la aplicación de la ley de Dios.

b) Aplicación de la Ley de Causa y Efecto: a cada uno será dado según sus obras, o sea, según su merecimiento. La felicidad o la desgracia que acompaña al Espíritu, en ésta vida o en el plano espiritual, debido únicamente a sus obras, de aquello que el hizo. Si actuó para el bien, será agraciado; si actuó para el mal, sufrirá las consecuencias infelices de sus actos.

c) Revelación de la Ley de Merecimiento: al decir “… según sus obras”, queda evidenciado que existe una ley aplicable a todos nosotros, que es la Ley del Merecimiento. Es el principio bíblico de que “todo lo que el hombre siembra, eso también cosechará” (Gálatas 6-7).

d) Lo que define la suerte futura son las obras y no la fe: Jesús dice: “según sus obras”. El no dice: “según su fe”. Si las obras no tuviesen influencia sobre la suerte futura del Espíritu, jamas el Cristo hubiera dejado aquella lección. Tanto aquí, como en muchos otros momentos, Jesús no colocó la fe, sin las obras, como balizadora de la salvación, como predican los hermanos protestantes.

e) Mas importante del creer, es el hacer, si a cada uno es dado según sus obras, se concluye, que en aquello que usted hace está su mérito. Jesús enalteció el poder de la fe para mostrar la capacidad que nosotros tenemos de hacer el bien. Y hacerlo en provecho de los otros. La fe que nada hace, no posee mérito alguno. La alabanza que no produce nada, en favor del prójimo, no trae beneficio para nadie. (Melciades José de Brito, El Espiritismo a la luz de la Biblia Sagrada, p. 43-44).

Justicia Divina

“Cada existencia es para el alma una nueva ocasión de dar un paso adelante. De su voluntad depende que este paso sea lo más grande posible, el subir muchos peldaños o quedarse estacionada. En este último caso, sufrió sin provecho, y como siempre, tarde o temprano tiene que pagar su deuda y principiar de nuevo otra existencia en condiciones todavía más penosas, porque a una mancha no lavada, añade otra.

Es pues, en las sucesivas encarnaciones que el alma se despoja de sus imperfecciones, que se purga, en una palabra, hasta que esté bastante pura para dejar los mundos de expiación como la Tierra, donde los hombres expían el pasado y el presente, en provecho del futuro. Contrariamente, sin embargo, a la idea que de ellos se hace, depende de cada uno prolongar o abreviar su permanencia, según el grado de adelantamiento y pureza alcanzado por el propio esfuerzo sobre sí mismo. El libramiento se da, no por conclusión de tiempo ni por ajenos méritos, mas por el propio mérito de cada uno, de acuerdo a estas palabras del Cristo: A cada uno según sus obras, palabras que resumen integralmente la justicia de Dios.” (Allan Kardec, El cielo y el infierno, 1a parte, cap. 5, ítem 4).

Donde es el cielo

“Los espíritus son creados simples e ignorantes, mas dotados de aptitud para todo conocimiento y para progresar en virtud de su libre albedrío. Por el progreso adquieren nuevos conocimientos, nuevas facultades, nuevas percepciones, y, consiguientemente, nuevos goces desconocidos de los Espíritus inferiores, ellos ven, oyen, sienten y comprenden lo que los Espíritus atrasados no pueden ver, sentir, oír o comprender. La felicidad está en razón directa del progreso realizado, de suerte que, de dos Espíritus, uno puede no ser tan feliz como el otro únicamente por no tener el mismo avance intelectual y moral, sin que por eso necesiten estar, cada cual, en lugar distinto. Aunque juntos, puede uno estar en tinieblas, mientras que todo resplandece para el otro, tal como un ciego y un vidente que se dan las manos: éste percibe la luz de la cual aquel no recibe la mínima impresión. Siendo la felicidad de los Espíritus inherente a sus cualidades, absorben ellos en toda parte en que se encuentran sea en la superficie de la Tierra, en medio de los encarnados, o en el espacio.

Una comparación vulgar hará comprender mejor ésta situación. Si se encontraran en un concierto dos hombres, uno, buen músico, de oído educado, y el otro, desconocedor de la música, de sentido auditivo poco delicado, el primero experimentará sensación de felicidad, en cuanto que el segundo permanecerá insensible, porque uno comprende y percibe lo que ninguna impresión produce en el otro. Así sucede en cuanto a todos los placeres de los Espíritus, que están en razón de su sensibilidad. El mundo espiritual tiene esplendores por toda parte, armonías y sensaciones que los Espíritus inferiores, sometidos a la influencia de la materia, no entreven siquiera, y que solamente son accesibles a los Espíritus purificados.

El progreso de los Espíritus es el fruto del propio trabajo; mas, como son libres, trabajan en el sentido de adelantamiento con mayor o menor actividad, con mas o menos negligencia, según su voluntad, acelerando o retardando el progreso y, por consiguiente, la propia felicidad. Mientras unos avanzan rápidamente, otros permanecen estancados, durante largos siglos, en las filas inferiores. Son ellos, pues, los autores de su situación, feliz o desgraciada, conforme éstas palabras del Cristo: A cada uno según sus obras. Todo Espíritu que se atrasa solo puede quejarse de sí mismo, así como el que se adelanta el mérito es exclusivo de su esfuerzo; a sus ojos, la felicidad conquistada tiene mayor aprecio.

La suprema felicidad solo es compartida por los Espíritus perfectos, o, por, los Espíritus puros, que no la consiguen sino después haber progresado en inteligencia y moralidad. El progreso intelectual y el progreso moral raramente marchan juntos, pero lo que el Espíritu no consigue en dado tiempo, lo alcanza en otro, de modo que los dos progresos acaban por actuar en el mismo nivel. Por ésta razón es que se ven muchas veces hombres inteligentes e instruidos poco adelantados moralmente , y viceversa.

La encarnación es necesaria al doble progreso moral e intelectual del Espíritu: al progreso intelectual por la actividad obligatoria del trabajo; al progreso moral por la necesidad recíproca de los hombres entre sí. La vida social es la piedra de toque de las buenas o malas cualidades. La bondad, la maldad, la dulzura, la violencia, la benevolencia, la caridad, el egoísmo, la avaricia, el orgullo, la humildad, la sinceridad, la franqueza, la lealtad, la mala fe, la hipocresía, en una palabra, todo lo que constituye al hombre de bien o perverso tiene por móvil, por meta y por estímulo las relaciones del hombre con sus semejantes. Para el hombre que viviese aislado no habría vicios ni virtudes; preservándose del mal por el aislamiento, el bien de sí mismo se anularía.

Una sola existencia corporal es manifiestamente insuficiente para que el Espíritu adquiera todo el bien que le falta y eliminar el mal que le sobra. ¿Como podría el salvaje, por ejemplo, en una sola encarnación nivelarse moral e intelectualmente al mas adelantado europeo? ¿Es materialmente posible. Debe él, pues, quedar eternamente en la ignorancia y barbarie, privado de los placeres que solo el desarrollo de las facultades puede proporcionarle? El simple sentido común repele tal suposición, que sería no solamente la negación de la justicia y bondad divinas, mas de las propias leyes evolutivas y progresivas de la Naturaleza.” (Allan Kardec, Revista Espirita: periódico de estudios psicológicos, 2 ed., 1865, p. 98-102).

Reencarnación y Justicia Divina

“La Naturaleza, mis amigos, que es la voluntad de Dios manifestada bajo la presión soberana de Su Divino Poder Magnético , tornó al cuerpo humano habitación suntuosa para el Espíritu necesitado de la reencarnación para el aprendizaje que le es necesario en el ciclo terreno… pues queden seguros de que la finalidad de la reencarnación es la preparación del ser espiritual para el triunfo de la inmortalidad, y no apenas para los servicios de la expiación! Esta será la consecuencia del desvío de la verdadera ruta, simplemente, y existe únicamente por la responsabilidad del “yo” de cada uno!” (Yvonne A. Pereira, Memorias de un suicida, 16 ed., p. 360).